lunes, 19 de julio de 2010

UNA LEYENDA DE ECUADOR


El Señor de la Última Esperanza

- Leyenda de Ecuador -

En el convento de San Agustín, de Quito, la ciudad más alta sobre la tierra, se conserva una venerada imagen del Señor de la Última Esperanza.

Cuenta la tradición que hace largos años una mula, cargada con un enorme bulto, apareció caminando por las solitarias calles de la ciudad, hasta que, llegando a las gradas del convento de San Agustín, se dejó caer, fatigada, sin que nadie consiguiera levantarla. Al abrir el cajón, encontraron, con gran sorpresa, una bella imagen en madera del Redentor. Se la quiso introducir en el templo; pero su peso aumentaba en proporción al número de los que intentaban levantarla. En cambio, se pudo colocar sin dificultad en la portería, donde se le improvisó un altar. Desde entonces quedó la costumbre entre los habitantes del país de arrodillarse al pasar ante la sagrada imagen.

La devoción que inspiraba a las gentes crecía sin cesar y pronto llovieron las donaciones; entre las más ricas de las cuales figuraban unas sandalias de oro macizo, recamadas con perlas, esmeraldas y rubíes.

Se cuenta que cierto día un pobre y honrado jornalero, después de haber trabajado todo el día sin haber ganado nada que llevar a su familia, al pasar frente a la portería del convento de San Agustín, se detuvo a rezar, como era costumbre. Estuvo de rodillas hasta la hora de cerrar la iglesia y volvió al día siguiente en cuanto amaneció. Pero quiso la fatalidad que aquella noche apareciera ante la casa de aquel pobre hombre el cadáver de una aventurera, y que cuando éste se dirigía, de madrugada, a continuar sus plegarias, pisase el charco de sangre inadvertidamente. Cuando el pobre hombre rezaba, momentos después, ante la imagen del Redentor, pidiendo socorro para sus necesidades, cayó al suelo una de las ricas sandalias de oro. Atribuyendo a milagro lo sucedido, y lleno de emoción, corrió a vender la alhaja en la primera platería que encontró.

Pero nadie quiso creer el milagro. El platero, convencido de que se trataba de un robo, le hizo prender. La noticia corrió entre la muchedumbre, despertando una gran indignación, que aumentó al descubrirse los restos de sangre, que le hacían aparecer también como autor del crimen cometido en la ciudad la noche anterior.

Y el pobre jornalero, acusado de sacrilegio y asesinato, fue condenado a la última pena.

Cuando llegó el día de la ejecución, fue conducido al lugar del suplicio entre los gritos y las injurias de la muchedumbre y seguido de su desesperada familia. El condenado suplicaba, entre lamentos, la concesión de dirigir su postrera oración al Señor de la Última Esperanza, y cuando, ya lograda, pedía en voz alta perdón por sus pecados y reivindicación de su inocencia, cayó ante él la otra sandalia de la imagen.

La muchedumbre, admirada, a los gritos de «¡Milagro!», rompió las cadenas, y el reo inocente quedó en libertad. Se cuenta que la autoridad compró a peso de oro la sandalia y el pobre hombre salió para siempre de la miseria.

Desde entonces, el Señor de la Última Esperanza se llama también el Señor de la Sandalia.

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal

seleccionadas por D. Vicente García de Diego

para Ed. Labor - Barcelona. 1953



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